lunes, 2 de septiembre de 2013

Capítulo 4 - Carol

Al día siguiente despertaron juntos, ya que habían dormido en la misma cama. Ambos estaban todavía algo tristes.
—¿Querés que hoy salgamos a dar un paseo? —preguntó Joaco, intentando ponerse su camisa.
Carol, que seguía acostada, dándole la espalda, sólo se movió, quejándose un poco. Era temprano para ella, pero tenía el sueño ligero y al sentirlo, se despertó.
—Dale, Carol. Te busco a las dos —dijo moviéndola un poco y luego salió por la ventana para cruzar a su casa por el árbol. Lo había hecho ya tantas veces que lo hacía muy rápido.
Ella se sentó en su cama y miró el reloj vagamente.
12:30… ¿Por qué tan temprano? Pensó al levantarse.
Se paró frente al gran espejo, que era la puerta del placard. Su silueta era perfecta, de aquellas que no eran ni muy pronunciadas, ni nulas. Su cara encajaba con el largo de su pelo, que le sobrepasaba la cintura.
Me sacó el buzo… debí haber tenido calor o tal vez él lo tenía, también se quitó la camisa.
Deslizó la puerta para ver qué se pondría antes de darse una ducha, que ella veía como reparadoras. Sacó un pantalón blanco y lo tiró sobre la cama.
Abrió uno de los cajones que tenía a su izquierda y revisó cada remera. Al final se decidió por una negra ajustada que tenía un gato blanco dibujado, que también tiró en la cama. Luego cerró esa puerta y arrastró la que estaba junto. Entonces vio un vestido negro que colgaba justo delante de todos sus buzos.
Esto no es mío ¿Quién lo habra puesto acá ?... Una parte de ella quiso tomarlo, pero otra no quiso ni mirarlo.
Lo tomó, peleando consigo misma. Un papelito cayó al piso. Extrañada, lo alzó.
Por una carrera perfecta… Papá, leyó.
¿Qué significa esto? Un regalo, pero ¿Por qué?
Bajó corriendo sin pensarlo, con el vestido en la mano.
—¡Mamá! —gritó Carol.
Estaba extrañamente feliz.
—¿Qué pasa? —preguntó su madre desde la cocina, sin haberse dado cuenta de que era Carol. En cuanto ella entró en la cocina su madre se sorprendió—. ¿Qué hacés despierta a esta hora? —indagó atónita.
Pero no recibió respuesta de su hija.
—¡¿Dónde está papá?! —exclamó desesperada, mostrando el hermoso vestido.
—Se fue esta mañana, no los quiso despertar y lo dejó colgado —La mujer estaba algo confundida.
Carol bajó el vestido suavemente y se pudo ver su cara de desilusión.
—¿Cuándo vuelve? —preguntó con su tono neutro.
—El lunes a la mañana —contestó acercándose a ella. Tomó el vestido al llegar—.Muy lindo, ¿no? —dijo.
Carol la miró sonriendo y a asintió con la cabeza.
—¿Hoy hacés algo con Joaquín? —preguntó feliz y remarcó el vestido. Quería que ella lo usara.
—Sí, pero no me animo… —dijo bajando cada vez más su tono de voz.
Su madre la miró en forma de reproche, no le gustaba que ella hiciera ese tipo de cosas. Pero la besó en la frente y le dio el vestido. Ella corrió arriba y luego de dejar rápidamente el vestido en la silla del escritorio se metió al baño.
Diez minutos después estaba en su cuarto vistiéndose. Se paró frente al espejo y vio de manera distorsionada lo que era.
Estoy gorda… tal vez la natación no sirve tanto como me dijo el médico. Debería… Y la imagen del vestido colgado en la silla la distrajo.
Se volteó y sonrió por todo lo que representaba el mismo. Se acercó al vestido y se lo puso. Cuando se vio se sintió en paz.
Era mangas largas y le tapaban la mitad de las manos. Tenía el corte en la cintura de la cual salía la falda que estaba algo levantada y era plisada. Pero no podía, algo la detenía y ella no poseía el valor suficiente para enfrentarlo así que volvió a ponerse lo que había separado antes.
En cuanto se puso unos zapatitos rojos escucho el timbre. Bajó corriendo.
—¡Yo atiendo! —gritó feliz, como muy pocas veces hacía.
En cuanto abrió la puerta,  Joaco la abrazó. Ella rio y besó su mejilla. Se separaron.
—¿Nos vamos? —preguntó él, asomándose por la puerta.
—Sí, claro. Pero… ¿Qué buscás? —Preguntó extrañada. Él solía estar muy apurado como para entrar.
—Quiero saludar a tu familia —contestó, tomándola de la mano. Entraron y Carol cerró la puerta.
Entonces cuando vio la cara de Joaco reflejada en el espejo (que estaba sobre un mueble, junto a la puerta) que inspiraba tristeza, se dio cuenta.
Lo hace porque quiere despedirse… si supiera que a ellos no les duele tanto. Son adultos que solucionan todo diciendo que los visitaremos y Trevor ni le habla, pero él siempre fue así y no lo veo siendo de otra forma.
 La voz de su madre la trajo a la realidad.
—¡Hola, Joaquín! —exclamó feliz. Hacía mucho tiempo que él no se pasaba por la sala.
—Hola señora Grey —dijo muy formalmente.
Trevor, que había estado almorzando en silencio, sólo lo miró con una mueca que simulaba ser una sonrisa.
—No seas irrespetuoso —dijo la madre de Carol, furiosa.
—Hola, Joaco —su tono fue cordial y sincero. Continúo comiendo.
—¿Se quedan a comer? —preguntó mostrando el platón de milanesas.
—No, gracias… —negó Joaco con una gran sonrisa.
—Es hora de irnos, mamá —concluyó Carol muy contenta.
Joaco y Carol se despidieron. Entonces salieron rápidamente. Caminaron de la mano, como siempre, hasta la estación del tranvía. Cada uno pago su boleto esta vez y ambos buscaron un par de asientos.
Luego de varias paradas recién pudieron sentarse en el medio. Carol tomó el de la ventana y Joaco se acomodó junto a ella. El viaje era más lejos esta vez ya que el centro de la gran ciudad en donde vivían estaba a media hora de sus casas, así que él había traído algo de comer.
—Tomá, llená tu estomago —jugueteó con la factura unos segundos frente al rostro de ella.
—No jugués con la comida. No seás un niño —dijo riéndose mientras sujetaba la factura.
—Soy un niño —contestó Joaco al mismo tiempo que usaba de bigote una medialuna—. Señorita Caroline, qué flacura la suya, demando que me devore sin piedad —fingió la voz chistosa y arruinada de un anciano.
Carol soltó una tierna risita tímida, que apenas se escuchaba. En cuanto terminaron cada factura fue el tiempo de bajarse.
Era un verano muy caluroso. Se notaba porque era sábado y no había mucha gente en las calles. Caminaron varias cuadras hasta el cine antiguo y entraron a ver una película de esas viejas. Películas que poca gente veía, pero como el lugar era de personas con mucha plata lo mantenían por diversión.
  Eran las cinco de la tarde cuando ellos se dirigían a una heladería muy famosa, que estaba a pocas cuadras. Al llegar había poca gente así que salieron rápido. Disfrutaron de los helados mientras caminaban hasta la estación. El habitual bullicio de las calles se había convertido en tranquilidad que ellos rompían con sus charlas triviales acerca de las cosas que sucedían en sus casas.
Terminaron el helado justo a tiempo para subir al tranvía. Una vez tuvieron los boletos se sentaron ya que había dos o tres personas.
—Ché —la llamó algo triste.
—¿Qué pasa? —y lo miró. Estaba algo preocupada por lo que sabía que Joaco seguía triste y no se le pasaría jamás.
—Nada… —suspiró, porque ya no quería explicarlo más.
Joaco la abrazó por unos segundos y al separarse le sonrió.
Ellos no querían aceptarlo todavía, pero solo faltaba un día, ya que se iría el lunes por la noche. No tenían nada de tiempo y les dolía muchísimo.
Llegaron a la estación de su barrio y con melancolía caminaron hacía sus casas. Estaban tomados de las manos con fuerza: en su interior,  gritaban por la separación.
—Nos vemos esta noche —dijo Joaco mientras la dejaba en la puerta de su casa. La besó en la mejilla y se fue.
Ya sabía la respuesta.
El lunes llego más rápido de lo que ellos hubieran querido…
Volvieron del colegio como lo hacían siempre, pero esta vez caminaban más lento de lo común. No querían llegar nunca.
Estaban llegando a la esquina de su cuadra cuando vieron dos camiones grandes. Una puntada los sorprendió a ambos. Cada paso que daban era pesado, pero llegaron más rápido que siempre.
Pero algo era raro: las puertas de ambas casas estaban abiertas de par en par. Carol vio que su mamá le hacía señas. Corrió a ella.
 —Hola, bebé —y la besó en la frente—. Necesito que subas y te hagas un bolso —dijo algo estresada.
—¿Qué pasó? —preguntó Carol, sin poder entender lo que ella antes le había dicho.
—Tu padre olvidó que nos teníamos que mudar. Lo transfirieron o algo así y nos vamos al campo —dijo molesta. No le gustaban las sorpresas. Entró susurrando lo que el padre había estado haciendo el fin de semana.
Carol volteó para mirar a Joaco y le sonrió. Él no entendió nada por primera vez.
—¡Nos vemos en un ratito! —gritó feliz y entró.
Joaco entonces lo notó y gritó de felicidad. No se separaría de la única a la que quería, era su hermana.

2 comentarios:

  1. ¡Hola! Tienes un premio en mi blog El Bosque Ilusorio.
    Un saludo!

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  2. Qué hermoso capítulo, aunque al principio me dio algo de tristeza porque sé muy bien lo que es tener que decir adiós, ya luego me sentí feliz porque Joaco y Carol no van a separarse. Espero ansiosa el próximo capítulo para ver que pasa, Subelo pronto, Besos♥

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