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lunes, 8 de julio de 2013

Capítulo 1 - Dana

La muchacha cerró la puerta tras de sí con llave, sus movimientos rápidos siempre presentes. Dio la espalda a ésta y cerró los ojos por un momento. El aroma a pino y ozono, típico de un día en el que la lluvia se avecina, llenó sus pulmones. Sonrió. Muchos no estaban felices con el clima del pequeño pueblo, pero a ella nada le gustaba más que los días nublados o de poca luz; ni hablar de aquellos en los que sentía el agua caer.
—¡Dan! —gritó una voz masculina detrás suyo, al tiempo que la puerta se volvía a abrir, y la nombrada tuvo que salir de su stand by.
Los rosados labios de la chica se curvaron hacia arriba.
—¿No es un lindo día? —canturreó ella, sin voltear a ver al joven. Al contrario, torció a la derecha y comenzó a caminar hacia la escuela, a unas tan solo cinco cuadras de distancia.
Escuchó las pisadas de su hermano apurarse para alcanzar las largas zancadas suyas, y oyó un par de las cosas que dijo. Sin embargo, su atención se desvió en cuanto miró hacia la casa contigua a la suya: con jardín delantero y altas paredes, parecía una gran mansión. Estaba vacía, no obstante, y no era de extrañar por qué: costaba sus cuantos billetes, y en un barrio tan simple y modesto, de clase que no subía ni bajaba de la media, desencajaba completamente. Ella siempre había querido entrar allí, fuese sólo para mirar un rato; se imaginaba que dentro debía de ser como un palacio de cuentos.
—Ché, ¿me estás escuchando? —preguntó el muchacho, en su voz se notaba que sabía la respuesta. No se escuchaba exasperado, al revés de lo que se esperaría. Si Dana tenía que decir, hasta había sido dicho con cariño.
Porque así era él, siempre lo había sido: razonable y con cierto tinte serio, tranquilo; él no era de los chicos que salían a bailar o conquistaban chicas. No, él era diferente al resto. Tenía por gusto sentarse a leer en las tardes (o mañanas o noches, pensó después la muchacha, porque cualquier hora le venía bien para su hobby), y le había mostrado en ocasiones preciosos relatos escritos por él mismo. A la vez, era el hermano mayor perfecto para ella: compañero y lleno de preocupaciones, capaz de querer hasta los defectos más irritantes que tenía. Como el de no oír a la gente hablar cuando se perdía en su mundo.
Lo miró a los ojos, aquellos orbes negros idénticos a los propios, sonriendo ella también, y se dijo lo que siempre se decía cuando lo miraba: que si eran tan parecidos como la gente decía que eran (muchas veces, los habían creído mellizos) entonces ella también debía de ser bonita.
—No —soltó ella con alegría, y revolvió los rubios cabellos de su acompañante, que cortos y todo como eran, debían de ser más largos que los suyos.

El timbre que anunciaba el final de la tercer hora ya había sonado, pero Dana nunca estaba pendiente de cuánto tiempo faltaba para irse. Si le hubiesen preguntado alguna vez si la escuela la aburría, ella hubiese contestado un ¡Para nada!, y luego se hubiese puesto a cantar una canción. Para esto último no había ninguna razón: aquella chica pasaba la mayoría del tiempo tarareando, haciendo ritmos con golpecitos de sus dedos, o simplemente entonando lo que se le viniese a la mente. Le gustaba mucho la música, cualquier tipo de esta, al punto en que pasaba del tono de un vals al pop, pero no recordaba haberse puesto a escuchar música como quien dice realmente escucharla.
 Toda canción que conocía era por escuchar la radio con los pibes (como le decía a su pequeño grupo de tres amigos y su hermano), quienes ocasionalmente dejaban el reproductor del celular bajo (y no tan bajo) durante las juntas; por tomarse un par de micros con motivo de cruzar el pueblo de punta a punta, sin parada fija; o por sus hermanos y padres, cada uno con su gusto diferente, que se turnaban en compartir sus preferencias con ella: después de todo, era la única que aceptaba con alegría cualquier tipo de ritmo.
Cuando habían pasado quince minutos de la hora y el profesor no había aparecido, un preceptor se asomó a hacer oficial lo que ya suponían: había faltado el docente que enseñaba literatura. A Dan aquello la hacía felíz, pero se dijo que su hermano (quien, a pesar de ser un año mayor, tenía al mismo profesor en el mismo día, sólo que una hora más tarde que ella) se iba a deprimir un poco.
Con ánimo, la chica codeó a su compañero de banco, con quien se sentaba siempre en la última fila de seis, segunda columna de cuatro a partir de la puerta. El banco en frente suyo siempre había estado vacío: el otro chico con el que se turnaba para sentarse, Damián (apodado Dami por la misma Dana, quien sacaba sus risas de llamarlo Damita; contraste notable a simple vista por el hecho de que era un joven alto y de espalda amplia), se había negado rotundamente a sentarse en la anteúltima fila, y en cambio había elegido ubicarse en el banco a la derecha de Dana en los días que no se sentaba a su lado.
 —¿Qué pasa? —indagó la voz perezosa del muchacho, quien había dormido durante toda la hora anterior.
 Dana dejó escapar un ay en un suspiro a modo de broma. Apostaba cualquier cosa a que su amigo se había quedado hasta las altas horas de la madrugada jugando videojuegos. No tenía caso.
—¿Damos una vuelta? —consultó a voz rápida, mientras lo zarandeaba, y el chico fingió volverse a acostar—. Dale, Bru. Bru Bru. —llamó mientras lo empujaba, intentando tirarlo del banco. No lo logró. Ella era fuerte, y Bruno algo flaco, pero cuando quería molestarla, el empeño que ponía le ganaba a cualquier cosa.
La muchacha acabó por recostársele encima. Acercándosele al oído, dijo las palabras mágicas:
—Y compartimos un chocolate, ¿querés? —susurró, con una burla de voz sensual.
El joven se levantó al instante, poco más dejando caer a su compañera. Se paró y se pasó las manos por la cara. Se estiró. Y con eso, ya era el mejor amigo que Dana conocía: enérgico y con ganas de probar bocado.
Ambos salieron del aula con rapidez, pero la chica ralentizó el paso cuando estuvieron por pasar por la preceptoría, y él la imitó. Susurraron chistes y rieron un rato, situación que culminaba siempre con Bruno burlándose de ella por la particular risa que tenía.
Recorrieron el colegio entero (cosa que, por su tamaño, no tomaba mucho tiempo), pero Dana se vio algo desilusionada al no encontrar nada nuevo, nada que le llamase la atención.
Comentó con su amigo la necesidad de un cambio, pero él sólo rio y le alborotó los cabellos, tan cortos que eran imposibles de desordenar.
—No jodás, Dan —le dijo entonces con alegría—, si estamos todos bien.
En eso tenía que darle la razón: los muchachos no se peleaban por nada del mundo. Y es que eran justamente eso, muchachos. Pero había algo que Dana siempre había querido tener y nunca se había animado a decir: una amiga. Una chica, alguien con quién compartir cotilleos (aunque no conociese ninguno) o prestarse ropa (que no creía que pudiese, porque era ella alta, de metro setenta). Era felíz con los chicos, pero así como unas chicas deseaban encontrar su príncipe azul (necesidad que Dana nunca había sentido en lo más mínimo), ella sólo pedía una amiga. Con eso, se decía siempre, su mundo estaría completo.
A pesar de todo, ella acabó por concordar con él y, luego de un par de ruegos y empujones, Bruno aceptó llevarla hasta el aula subida a su espalda.


¡Gracias por todo el apoyo! Y espero que les haya gustado no sólo el capítulo, sino también la segunda protagonista de esta historia :). 

lunes, 1 de julio de 2013

Capítulo 1 - Carol

Entró al colegio corriendo.
—¡Otra vez tarde señorita Grey! —el grito furioso de un profesor la hizo parar en seco.
Se volteó suavemente, rogando que no fuera su rector. Suspiró.
—Sos muy malo —soltó, con una expresión de dolor.
Él chico de ojos grises le sonrió y se acercó a ella riendo por dentro. Cuando se encontró cerca de la muchacha pelirroja besó su mejilla. Ella sonrió tímidamente y comenzaron a correr hacia el salón.
Entraron calmados ya que no había ningún adulto en la habitación. Ella caminó derecho al fondo, mirando al piso, mientras él se quedó conversando al frente. Se sentó en un pupitre solitario.
Siempre llego tarde, pensó. Se recostó sobre el pupitre y cerró los ojos.
Cuanto ruido, no me dejan ni pensar. Que les cuesta callarse… Hoy ¿Qué día es hoy? Martes, creo. Sí definitivamente lo es, ya que tenemos teatro y es el único profesor que llega tarde.
Además teatro, odio teatro. Mucha gente viéndote hablar y fingir…
Unas palmadas en su espalda la despertaron. Se levantó suavemente y volteó.
—Dejá de soñar, llego el profesor —susurró el muchacho de ojos grises mientras se sentaba en el banco de al lado.
Ella miró al frente justo en el momento que el hombre entró. Era alto y se notaba que era joven. Era el típico profesor en el que uno podía confiar.
—Hoy haremos una dramatización en parejas —dijo alegre.
Inmediatamente ella sintió que una mano la sujetaba. Lo miró sonriendo porque todas las chicas del curso lo miraban.
—Sos un chico solicitado, Joaco —dijo la pequeña pelirroja con un tono bajo y serio.
—Muy graciosa, Caroline —mascullo él.
Unos minutos después ya todos tenían una pareja.
Carol siempre agradeció tener un amigo tan leal. Joaco sabía que ella no era nada sociable.
 —¿Quién quiere pasar primero? —preguntó el profesor mientras se sentaba sobre el banco grande del frente.
Joaco tomó la mano de Carol y la alzó muy alto. Ella le suplicó con la mirada, pero ya era demasiado tarde porque el chico ya la estaba arrastrando al frente.
Al llegar, Carol se petrifico, dándole la espalda a todos. Joaco la enfrentó a él, dejándola de costado a todos.
—Solo mirame a mí —susurró mirándola a los ojos.
Carol solo asintió aterrada.
—Les tocará… —dejó a todos en suspenso mientras elegía un libreto.—… Noche de reyes, pero nada a medias. Harán la parte culminante de la historia. Serán Viola y Orsino —dijo, mientras se acercaba a ellos. Luego les entregó un guión a cada uno, con la escena marcada.
La parte del beso. Esto solo me ocurre a mí… Por suerte es Joaquín y no otro.
Lo miró, imaginando que nadie más estaba en el salón. Respiró profundo y le indicó que estaba lista.
—¡Acción! —gritó el profesor, sacando ligeramente a Carol de su mente.
Su corazón comenzó a latir muy fuerte. Dio un vistazo rápido al guión y comenzó.
—A mi hermana le gusta ese hombre y… cuando digo mi hermana, hablo de ella, no soy yo —se señaló temblorosa, con delicadeza. Su voz sonaba perfecta.— Mira mis pantalones —y los miró levemente. Él la acompañó con la mirada.— ¿Ves? Soy un hombre —dijo algo triste.
—¿También le gusta ella a ese hombre? —preguntó interesado.
Ella lo miró triste.
—Es una tragedia ¿Sabes? —Intentó componerse, pero estaba muy nerviosa. Este papel es difícil, pensó.— Él no conoce los sentimientos de ella… así que no sabe si él siente lo mismo… —dijo y bajó la vista.
Joaco la tomó de las manos y la obligó a que lo viera.
—¿Y qué espera tu hermana? —preguntó, apretando más sus manos.
—Que él dé el primer paso, pero dime… ¿Si ella nunca confiesa lo que siente, hará que su amor sea menos real? —moduló cada palabra de forma profunda y lenta, haciendo la escena perfecta, dándole ese clima romántico.
Joaco tomó su rostro con cariño y la miró.
Nunca me dio nervios el besarlo en obras de teatro y suelen ser frecuentes. Pero… acaso ¿No es una molestia? Jamás bese a otro chico y aunque no me molesta, no quiero esto.
Él la besó de la forma más cariñosa que sabía, con la que siempre lo hacía. Sus corazones latían rápido, pero ninguno sentía nada.
Se separaron y saludaron a todos, dando por terminada la pequeña dramatización. El profesor los despacho con una sonrisa a sus asientos. Carol caminó rápidamente a su pupitre sin prestar atención a las burlas e insultos de sus compañeros.
Se sentó, recostándose sobre sus brazos.
—¿Qué sucede?— La voz tenue de Joaco la sorprendió.
Levantó la vista, sólo para verlo un poco.
—Nada…— Dijo con una voz tranquila.
Él se apoyó en el banco, sentándose en cuclillas. Reposó su cabeza frente a la de ella y la miró con una sonrisa amplia.
¿Qué pretende exactamente con esa sonrisa? Es para que le diga lo mal que me pone que me bese… si ya lo sabe, ¿cuál es el misterio?
Sus vistas se complementaban perfectamente. Las grandes diferencias que presentaban las unían aún más.
Esos ojos cálidos y brillantes, que eran serenos, tiernos… Dulces. Los de ella eran una caja fuerte con triple combinación que él sabía de memoria… Insegura y tierna. Muy fuerte, quejumbrosa y algo gritona.
El día fue muy tranquilo después.


Hola! Esta es la primera parte del capítulo 1. Espero que lo disfruten y que cumpla con sus expectativas ^^
En la pestaña de personajes agregamos a uno más que también es importante.